Los Colegios Profesionales, obligados a reinventarse.

Tras la aprobación por las Cortes Generales el 22 de diciembre de la Ley 25/2009, Ley Ómnibus, ha entrado en vigor la modificación de la Ley de Colegios Profesionales.

A tenor del texto, hablar de modificación se nos antoja quedarse corto. La ley supone un ataque a la línea de flotación de la mayoría de colegios profesionales. La supresión de la colegiación obligatoria para el ejercicio profesional y la implantación del visado voluntario cortan las dos principales vías de ingresos actuales, poniendo en tela de juicio la supervivencia de los colegios, al menos, tal y como los conocemos actualmente.

Particularizando ahora en lo que a la Arquitectura Técnica se refiere, estas modificaciones, junto con muchas otras, nos pone de golpe en Europa, algo que estábamos esperando desde hace tiempo, y que no hemos dudado en celebrar en lo que a otras cuestiones se refiere, como la implantación del grado universitario y la libre circulación laboral.

El hecho de que la Ley esté enmarcada en un contexto de crisis no debe llevarnos a engaño. No forma parte de un conjunto de soluciones coyunturales. Tampoco es la panacea que nos va a ayudar a salir del túnel en el que se encuentra el sector. Tenemos problemas estructurales que no se pueden resolver si no es en un marco mucho más amplio. Son medidas que obligan a modernizar una estructura que no ha sabido hacerlo por sí sola, y que se ha ido contentando con renovar la piel, dejando una estructura obsoleta.

Los colegios deben reinventarse. Y deben hacerlo a la par que sus profesionales.

Su funcionamiento deberá ser similar al de otras entidades homólogas en Europa.

A partir de ahora deberán convertirse en entidades donde su pertenencia proporcione un valor añadido. Serán símbolos de excelencia, equiparándose a otras entidades de certificación. Los trabajos de sus profesionales deberán tener un nivel de exigencia mayor que la media, y deberán ser percibidos de la misma manera por la sociedad.

La liberalización de la acreditación debe tener como contrapartida una labor fundamental en el fomento de relaciones comerciales con el exterior, ampliando los mercados de trabajo a sus propios profesionales. En esto debe ser fundamental una apuesta prioritaria por la formación.

Tal y como pasa actualmente, los servicios deberán ir paralelos a los de una entidad encargada de la responsabilidad civil. Esto deberá abaratar los costes para los afiliados, teniendo en cuenta siempre que los trabajos tendrán que pasar filtros de exigencia superiores.

Todos estos cambios deberán realizarse de la mano de sus propios colegiales. De nada servirá elevar el estándar de exigencia si no hay implicación para el mismo. O promover la ampliación de mercados sin la motivación aperturista de los afiliados. El paso principal es asumir que no sólo los colegios, tal y como los conocemos actualmente, están en vías de extinción. Es la profesión la que debe reinventarse.

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